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Mi mayor defecto.

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Cuando escribo intento hacer hincapié en que es imprescindible ser conscientes de quiénes somos, con lo bueno y con lo malo, y con qué vivimos, de manera que podamos ir capeando de una manera u otra cada día o cada crisis que el TLP (o la depresión aguda crónica o el TOC) coloca en nuestro camino.

Intento explicar que es necesario para nuestra supervivencia, pero quizás hay algo que no he mencionado, o no de la manera correcta: conocer nuestros propios límites.

Yo tengo un defecto, desde muy pequeña, que en cierta forma me ha ayudado pero en otra me ha hecho y me hace mucho daño, y es que no acepto realmente que tengo una enfermedad mental severa y que eso me convierte en una persona enferma. Y que esa persona enferma hay cosas que no puede ni debe hacer porque si el muelle que es su personalidad está desenroscado, si no para a tiempo se convertirá en un gruño…

Estoy tan acostumbrada a tirar de la cuerda, a hacer cosas aunque el cuerpo me diga ¡NO!, a pensar que siempre puedo un poco más,que cuando me quiero dar cuenta estoy disociando.

¿Qué es disociar? Disociar, en lenguaje de andar por casa, es estar aquí haciendo cosas y con la mente en otra parte, de tal forma que podemos estar aparentemente presentes, dado que ejecutamos tareas,pero en realidad cuando aterrizamos no recordamos nada de lo que hemos hecho.

La disociación y yo somos compañeros desde la infancia. El primer recuerdo palpable que tengo es de cuando tenía unos doce años, en Gijón, si no me falla la memoria. Mi padre intentaba desasnarme en Matemáticas, tarea casi imposible porque al no interesarme tampoco me mataba por entender. Recuerdo una tarde en que me estaba explicando y en un momento determinado me pregunta si lo he entendido y yo le digo que sí,que claro que sí…Pero el caso es que no recordaba nada. Durante todo el tiempo que estuvo explicándome yo no había oído nada.

En clase me pasaba tres cuartas partes de lo mismo. Un día mi madre se reunió con mis profesores del ciclo superior (antes en EGB el ciclo superior comprendía de los once años a los catorce) y les preguntó ” ¿A que parece que Fátima no pierde ripio y que está muy atenta? Y, claro, le dijeron que sí,que se me veía muy atenta en las clases, a lo que ella respondió que cuanto más atenta parecía estar, más pensando en mis cositas estaba. Ese “pensando en mis cositas” era una disociación como la copa de un pino.

Y a día de hoy, con 46 años, me resulta muy difícil no disociar. Cuando la mente no puede más, antes de que se desencadene la tormenta, disocia, es decir, nos protege de un mal mayor y actuamos en piloto automático. ¿Cuál es el problema para mí? Por ejemplo, yo no puedo ir en Metro sola a Valencia desde Torrente porque podría aparecer en Madagascar, tal cual. Tengo que ir especialmente atenta a todo porque como me disocie sabe Dios dónde puedo acabar…

Para mí disociar es como respirar, por así decirlo. Cuando has tenido una vida con el abuso/maltrato psicológico constante hay secuelas que no se van. Lo siento, pero es así. No se van y te toca vivir con ellas. 

¿Qué le veo de positivo a la disociación? Que se pone en marcha cuando nuestra mente está en peligro. Cuando me niego a reconocer que no puedo más,que tengo que demostrar que soy digna de vivir y que no soy una carga para nadie, cuando siento que si me esfuerzo mil veces más de lo normal todo irá mejor y seré menos molestia, la disociación acude en mi ayuda, por así decirlo….y el vaso ya no rebosa…hasta la próxima, claro.

He llegado a estar en la ducha a las cuatro de la mañana, saliendo el agua hirviendo, y yo no enterarme de que me estaba abrasando la piel porque mi cabeza no estaba ahí…

Y es que intento que no se me note,que nadie lo pase mal por cómo soy, a pesar de que no es culpa mía, y así fuerzo mi maquinaria, frágil como la porcelana de Herem, un día y otro día y otro más…Esa es mi realidad cotidiana, el monstruo que me devora un segundo sí y al otro también, aunque por fuera se me vea fuerte, distante, un tanto hosca en ocasiones y entrañable en otras…

Y muy pocas personas se atreven a ver más allá de lo que ven en mi aspecto, pero si una cosa sé a ciencia cierta es que con esas pocas personas soy de una lealtad incorruptible y antes me corto un brazo que dejar que sufran o que algo les haga daño si yo puedo evitarlo…

Del resto…a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga.  Y que se olviden de que existo, puesto que han demostrado ampliamente que mi vida y yo les importamos entre poco y nada.


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