Reflexiones

Supervivientes

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Llevaba varios días sin escribir porque el día doce escribí una entrada y lamentablemente el diosecillo de los blogs tuvo a bien merendárselo…y no me gustó, básicamente porque no me gusta hacer algo que considero muy bueno y que se borre. Creo que los sentimientos no se pueden escribir dos veces igual  y básicamente contaba en la entrada que el doce de julio de 1979 murió mi hermano Eduardo y es el dia en que todo se empezó a ir a la mierda de una manera o de otra…

Con cinco años fui clara y meridianamente consciente de que la vida se acaba y que Eduardo había muerto significaba que nunca más en la vida lo volvería a ver vivo…Sí, claro, que sólo tenía 18 días cuando murió,pero yo había desarollado un vinculo con mi hermano pequeño como nunca tuve con el que va detrás de mí, mi consanguíneo Raúl ( sí, hermano vs consanguíneo).

Años más tarde, mi madre me volvería a decir algo parecido cuando murió mi padre:” hija, tendrás que hacer a la idea de que nunca jamás en la vida volverás a ver  a tu padre vivo. Serás tú quien se va a reunir con él”, y vaya si duele oír eso..es como si miles de cuchillos helados te rajaran la piel del alma…y encima sabiendo que es putamente cierto…

El caso es que a partir de ese momento yo adopté el rol de intentar unir los pedazos que habían saltado por los aires con la muerte del bebé. Una desgracia así o une para siempre a un matrimonio o lo despedaza…y si lo despedaza…alguien es siempre el rehén, dependiendo de la sensibilidad de cada uno.

A querer “curar” la ausencia de Eduardo se sumó que en la cabeza de mi madre yo la había desplazado en el amor incondicional de mi padre y de mi abuelo materno. Evidentemente mi opinión es otra pero en mi mente, y seguramente en mi alma, arraigó la idea de que yo debía compensar esas carencias…Que por otra parte no eran mi responsabilidad. Que yo era lo que más había amado en su vida es algo que mi abuelo Amancio le dijo a mi madre, pero yo no era culpable. Y que para mi padre no había en el mundo nada más amado que yo pues quizás era cierto, seguramente, pero de eso tampoco fui culpable.Pero culpable o no, adopté un rol que me condujo fría e inexorablemente a la enfermedad mental y el trastorno borderline. En palabras de mi primera psicóloga, ” tu madre necesita un punching ball  y te ha elegido a ti.”.

Sí,de acuerdo, ésa era la persona que años más tarde diría que yo soy demasiado buena y demasiado honesta ( u honrada, la memoria me juega malas pasadas) y que no sé tratar con la gente de fuera y ella me tenía que enseñar…Curiosa forma de enseñarme, pero…Quizás ahora soy mucho más cerrada y retraída porque no estoy por la labor de que nadie me haga daño, y nadie es nadie. Cuando entra alguien en mi vida que veo que vale la pena aviso de que no soy normal, para que sepa si quedarse o irse…Explico según se van dando las situaciones cómo soy, cómo funciono…mis rasgos raros…pero lo que ya no hago es predicar en el desierto.

A ver si se explicarlo: yo no tengo problema en quedarme en bragas anímicamente hablando para que una persona me conozca, pero si veo que mis palabras caen en saco roto no explico más. Una cosa es explicar las veces que haga falta y otra,perder miserablemente el tiempo en razonamientos para personas que no están realmente interesadas.

Que seamos borderline no nos convierte ni en bichos raros ni en muebles con los que uno tropieza cuando va descalzo por la noche. Somos así y no tenemos que pedir perdón por ello. Seguramente muchos de nosotros hubiéramos preferido otra condición vital pero…es lo que hay.

Creo que es importante que se tenga claro más o menos en qué momento nos convertimos en algo para ese alguien que hizo que desarrolláramos el trastorno borderline. Y poner nombre a esa persona o ser conscientes de que es esa persona y no otra no nos convierte en delatores ni en nada parecido. Nos hace darnos cuenta de que somos supervivientes. Y cuando te sabes objetivamente superviviente poco debe afectarte la conducta ajena…

Sí,mi vida se desarrolla entre el infierno y el purgatorio anímicamente hablando, y eso va a ser siempre así. Las mejores temporadas, se midan en días o segundos, las paso en el purgatorio. Las peores, está claro que en el infierno, pero me ha tocado y ya, no hay más.


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